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Historia

El tren llega oficialmente a Temuco el 1° de enero de 1893. Doce años
después de la fundación de la ciudad.
A pesar de su juventud, la ciudad ya se proyectaba como un lugar de activo
crecimiento económico, luego de ser designada Capital de la Provincia de
Cautín el 12 de marzo de 1887.
Este crecimiento está permanentemente ligado a la incorporación del
ferrocarril a nuestra vida social, económica y política, impulsando los
destinos de la Capital de la Araucanía. Es así, como la llegada del
ferrocarril permitió que Temuco tuviese un contacto permanente con el resto
del país, garantizando un abastecimiento constante.
Debido a la rápida extensión de la red ferroviaria – tanto hacia el sur como
por los ramales hacia la cordillera y hacia la costa-, un año después de que
el primer tren llega a esta capital provincial, se le encarga al ingeniero
belga Gustave Verniory la construcción de la primera Maestranza de
Ferrocarriles, ubicada en lo que ahora es la sección de carga, al costado
norte de la Estación de Ferrocarriles, en terrenos cedidos por pobladores
mapuches.
Luego de un año finaliza la construcción a cargo del ingeniero Mathias
Provoste, contratado por Verniory, convirtiéndose Temuco en un importante
centro ferroviario, en el cual los trenes de largo recorrido cambian sus
locomotoras; atendiendo también a aquellas que operan en los ramales a
Carahue, Cunco y Cherquenco.
Pero el acelerado crecimiento de la ciudad hace necesaria la construcción de
una “Gran Maestranza” para Temuco. Cuando se le propone a Don Pedro Montt,
Presidente de la República de la época, la instalación de la Maestranza de
Ferrocarriles del Estado en Temuco, Montt decide construirla en Valdivia,
boicoteando las iniciativas de desarrollo para la provincia. Su decisión fue
una pequeña venganza: no perdonaba la ofensa que un sastre italiano, de
apellido Taito, y otros temuquenses le infringieron al orinar sobre su
tongo, cuando todavía era candidato a la Presidencia de la República.
Casa de Máquinas y su rutina laboral
En 1929 se comienza la construcción de la actual Casa de Máquinas, la cual
se lleva a cabo en dos etapas: entre 1933 y 1941. Su diámetro es de 100
metros y su tornamesa alcanza 27 metros de largo y con capacidad de guardar
34 locomotoras en su interior.
En este lugar se preparan sólo locomotoras a vapor, pero en 1954 se
comienzan a recibir las primeras máquinas diesel. No obstante, a la ciudad
de Temuco se le asigna permanentemente su primera máquina diesel recién en
la década de los 80’.
A principios del decenio, la dotación permanente de la Casa de Máquinas
consiste en dos locomotoras a vapor Tipo 56, once Tipo 57, una Tipo 58,
nueve Tipo 70 y catorce Tipo 80. Un total de 37 unidades.
Todos los días a las 7 de la mañana, aproximadamente 600 personas ingresaban
al complejo de edificios conocido como Casa de Máquinas de Temuco. Entre
ellos, maquinistas y ayudantes, mecánicos de las más distintas
especialidades, personal encargado del aseo de locomotoras y vagones,
técnicos y obreros especializados de la Maestranza, operadores de la
Carbonera, de los Caballitos de Agua y el personal administrativo, entre
otros.
Las rutinas de trabajo al interior giraban entorno a la figura de la
locomotora, la que se debía asear, revisar y mantener.
A las 12 en punto del día sonaba el silbato que detenía por una hora las
faenas para almorzar. Las esposas o hijos de los trabajadores esperaban en
las rejas cargando las ollas con abundante comida para los obreros. No
podían fallar.
Era un mundo rudo de fierros sucios y calientes, de ruidos intensos y
estridentes, de hombres fuertes enfrentados a tareas duras contra el tiempo,
quienes sentían los versos de Neruda:“Cada máquina tiene una pupila abierta
para mirarme a mí.”.
Nada podía hacerlos más felices que cuando la unidad reparada partía
brillante y vigorosa, entre humos blancos y negros, a seguir devorando miles
de kilómetros de rieles atravesando los campos del sur.
Entre la multiplicidad de obreros especializados que allí laboraban, se
podían distinguir algunas figuras típicas en la rutina de la Casa de
Máquinas. Se destacan los limpiadores, empleados de menor categoría, por lo
general jóvenes que recién entraban al servicio en la empresa. Su trabajo
consistía en realizar un aseo profundo de las locomotoras. Todos los días, a
primera hora, se reunían en la puerta del Almacén esperando los materiales:
huaipe, petróleo y cualquier herramienta para raspar desde las ruedas hasta
la cúpula de la locomotora. Sólo después que la máquina quedaba
completamente limpia, se podía continuar con la siguiente etapa del
mantenimiento diario.
También existían los mecánicos, a quienes les resultaba más fácil detectar
cualquier falla que se pudiera presentar al recibir las locomotoras
impecables. Una tuerca floja, por ejemplo, era invisible en una máquina
sucia.
Después de la limpieza y mantención, los maquinistas accedían a sus
locomotoras en condiciones óptimas, lista para salir a trabajar.
Quienes deseaban el puesto de maquinistas comenzaban desde abajo, trabajando
en la Maestranza y posteriormente escalando hasta estudiar en la Escuela de
Maquinistas, que operaba en el segundo piso del edificio de Administración.
Durante los viajes, los maquinistas revisaban sus locomotoras en cada
estación en la que se detenían. Al llegar nuevamente a Temuco, y luego de
una revisión final, llenaban un report o cartilla, en la cual se registraban
todas las fallas que pudieran haber detectado.
Al día siguiente, el Jefe de la Casa de Máquinas le entregaba al Jefe de
Taller todas las cartillas de las locomotoras que habían llegado, para que
el Taller hiciera las reparaciones correspondientes.
El Jefe de Taller repartía las cartillas a los distintos grupos de
mecánicos, quienes revisaban completamente cada locomotora adentro de la
Casa de Máquina.
Una vez detectada la falla y consensuado el diagnóstico, los mecánicos
pedían todos los materiales necesarios al Almacén para efectuar las
reparaciones. Muchas veces estas reparaciones implicaban fabricar piezas
completas, las que eran producidas en forma íntegra en la Maestranza. |