La familia ferroviaria


En la Casa de Máquinas la relación entre la familia del ferroviario y las locomotoras era muy especial. Los maquinistas solían llevar a sus hijos a este lugar para que conocieran, desde pequeños, las máquinas en las que trabajaban. Con gran orgullo los hacían subir a esos verdaderos monstruos de fierro para que les perdieran el miedo y conforme iban creciendo, los involucraban en los secretos que guardaba cada locomotora.

Las mujeres tampoco tenían miedo de subirse a las máquinas. Muchas, desde sus primeros años de casadas, acompañaban a sus maridos en las locomotoras. Regresaban de los viajes con las caras tiznadas de hollín, tal como lo hacían sus maridos. Y con una infinidad de aventuras emocionantes que contar a sus familiares y vecinas.

El trabajador ferroviario, en los años del vapor, era un candidato a marido bien cotizado por las mujeres que deseaban una situación económica tranquila, en especial, los fogoneros y maquinistas, quienes recibían una mayor remuneración debido a que era necesario contar con experiencia y trayectoria antes de ocupar esos puestos.

Como es de imaginar, fueron muchas las historias de amor y muchas las anécdotas familiares que se urdieron en torno a la Casa de Máquinas.

Las locomotoras eran el eje en torno al cual giraba la vida de estas familias. Una muestra de esto eran las clásicas competencias que se realizaban todos los 17 de septiembre. Fiestas en que se formaban grupos afines para adornar una locomotora con motivos patrios. Luego, un jurado integrado por los Jefes de la Casa de Máquinas elegía a la más bonita.